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Por otros medios
Nicolás Alvarado  

Seda auténtica
   
   
    En medio de la nada –y no es ésta una metáfora: la cámara, aún en la más abierta de las tomas, no registra sino un par de árboles secos y la tierra yerma sobre la que parecen haber desistido ya de crecer–, Eugenia León, con su voz poderosísima y conmovedora, acompañada de una banda de viento, entona una canción tradicional mixteca vestida con una especie de jorongo de seda.
    Es una prenda hermosa, de corte sofisticado –las bandas de tela se cruzan con primoroso capricho–, y más hermoso aún resulta verla ondear rítmicamente al viento, movida por los brazos de quien no es bailarina ni modelo pero sabe moverse con gracia acompasada y procurar el lucimiento de su atavío.
    El estampado de alcatraces redolentes de Diego Rivera, bordeados por grecas de oronda inspiración prehispánica, me lleva a pensar que se trata de una creación de Pineda Covalín, los diseñadores que tomaron las técnicas de impresión sobre seda de Hermès, las combinaron con una estética nacionalista y con ello crearon no sólo un estilo propio sino un fenómeno mercadológico. No faltará quien cuestione tal elección vestimentaria cuando la primera emisión de Tocando Tierra, el programa del que me he permitido describir una secuencia, se estrene el próximo martes por Canal 22. Se quejarán –los oigo ya– de que la prenda no es auténtica, de que su manufactura es urbana e industrial, de que el público para el que ha sido creada constituye una elite. Y yo digo que se equivocarán.
    Cierto: Eugenia León es nacionalista, tradicionalista y progresista, por lo que cuesta trabajo imaginarla cómoda con un Chanel. Pero también es, si no urbana, cuando menos rabiosamente suburbana (nació y creció en la muy industrial Tlalnepantla), ha cantado y encantado en todo el orbe, abarrotado decenas de salas de conciertos y vendido millones de discos, lo que la coloca de manera automática en una posición de elite. Se antoja entonces, congruente que no se disfrace de lo que no es: no es una indígena ni una campesina, y no es Laura Esquivel ni Beatriz Paredes. Es Eugenia León, cantante de fama internacional. Es simpática al entorno en que aparece –lo que es más, es conocedora de él– pero también innegablemente extraña a él.
    Si he dedicado ya tres párrafos al Pineda Covalín que luce Eugenia en la primera emisión de Tocando Tierra, es porque dicha prenda se antoja la perfecta metáfora del espíritu mismo del programa. Su premisa es una cantante viajera que recorre México –de las capitales estatales a las rancherías– en pos de nuestras raíces musicales. No pretende fundirse con ellas (no podría) sino comprenderlas, mostrarlas y acaso dejarse tocar por ellas. Y eso es buenísimo. La cámara de Alejandro Strauss no cede a la tentación folclorizante ni al recurso fácil y políticamente correcto del cliché paternalista. O, puesto de otro modo, esto no es México, Magia y Encuentro. Los que tocan tierra son pies (y ojos, y oídos) citadinos y contemporáneos que se dejan maravillar –pero siempre desde la ajenidad– por sonidos e imágenes e historias rurales y arcanos. Evidencian su gozoso azoro ante una banda que abreva de la canción mixteca, las chilenas y el jazz. Se dejan distraer de la conversación para posarse en el espectáculo de unos periquitos enjaulados o de un vendedor de algodones de azúcar. Configuran y comparten, pues, la experiencia del espectador urbano que somos, agradecido, por una vez, de una visión de México en que la autenticidad no es impostura.
   
   

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