Regresar   
Juegos de poder
Leo Zuckermann 

El fantasma del proteccionismo
    El proteccionismo comercial parte de una premisa equivocada: que es bueno exportar para un país, ya que se genera riqueza, pero que es malo importar porque afecta a la industria nacional y al empleo. Al mundo le ha tomado varios siglos darse cuenta de esta falacia. En realidad, una nación produce riqueza cuando logra que haya un saludable equilibrio entre exportaciones e importaciones. Se exporta aquello en lo que se tiene ventajas comparativas con otras naciones. Se importa aquello en lo que otros países son las que tienen dichas ventajas.
    El comercio internacional no puede verse como un juego de suma cero donde lo que gana un país lo pierde otro. Como lo ha demostrado la ciencia económica, el libre comercio es un juego donde todos pueden ganar. Ha sido el caso, por ejemplo, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Los tres países firmantes han multiplicado su actividad económica gracias al flujo comercial en la región. Por supuesto que ha habido perdedores. Algunas empresas automotrices que fabricaban en los EEUU se trasladaron a México. Pero gracias a esto, los consumidores estadounidenses tuvieron autos más baratos. Ni qué decir, por supuesto, de cómo el intercambio comercial ha multiplicado el crecimiento económico de los estados fronterizos en ambos lados del Río Bravo.
    Lo mismo sucede con nuestro intercambio con China. Muchos de los textiles que antes se producían en México, ahora se hacen en aquella nación asiática. Empresas mexicanas quebraron y tuvieron que cerrar. Sus empleados perdieron su fuente de trabajo. Lo que no se dice es que los consumidores mexicanos ahora pueden comprar ropa más barata ahorrando, con ello, parte de su ingreso.
    Al mundo le ha tomado tiempo entender los beneficios del libre comercio. Por fortuna, en las últimas décadas hemos visto una explosión de éste. Sin embargo, cuando hay crisis económica siempre surgen las presiones proteccionistas. Es muy difícil convencer a los empresarios y trabajadores nacionales, afectados por la recesión, de las virtudes del libre comercio. Ellos quieren y demandan el expediente fácil de la protección gubernamental: ciérrense las fronteras para proteger las empresas y los empleos. Es el credo que empieza a rezarse.
    Así ocurrió durante la Gran Depresión de los treinta. Los países desarrollados adoptaron medidas proteccionistas. Los EEUU fueron incrementando los aranceles con la ley Smoot–Hawley de 1930. El Reino Unido reaccionó limitando el libre intercambio comercial a las naciones del Imperio Británico. Los nazis en Alemania favorecieron el comercio con sus aliados del sur y este de Europa. De esta forma, entre 1929 y 1934, el comercio mundial decreció en un 66%. La economía mundial se fragmentó en bloques cerrados lo que profundizó más la Gran Depresión y retrasó la recuperación económica mundial.
    En todos los países, cuando hay crisis económica, surgen las presiones proteccionistas. Los consumidores beneficiarios del libre comercio no están tan bien organizados como los empresarios nacionales y los sindicatos que ven afectados sus intereses. Son estos actores económicos los que más presionan a los gobiernos nacionales para que se limiten las importaciones. Por desgracia, estos días el fantasma proteccionista ha regresado en diversas partes del planeta:
    • Dentro del plan de estímulo económico presentado por Barack Obama había una cláusula conocida como “Buy American” (“compre productos estadounidenses”). Esta disposición prohibía la utilización de acero o hierro extranjero en las obras de infraestructura que se pagarán con los cientos de miles de millones de dólares que el gobierno estadounidense inyectará a su economía para reactivarla. La Unión Europea denunció la cláusula como proteccionista y violatoria de los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. El asunto prometía una posible retaliación por parte de los europeos quienes anunciaron que ellos sí estaban garantizando que no se restringieran “las oportunidades para los productos y servicios estadounidenses en respuesta a la desaceleración”. Finalmente, el Senado de EEUU suavizó la cláusula “Buy American”. Se aprobó una enmienda para que sea aplicada “de manera consistente con las obligaciones de EEUU bajo los acuerdos internacionales”. Ahora la Cámara de Representantes tiene que aprobar dicha enmienda del Senado.
    • India, de acuerdo al Wall Street Journal, elevará los aranceles sobre el acero.
    • Según el mismo rotativo, “Moscú impuso un peaje especial a camiones de la Unión Europea, Suiza y Turkmenistán. El gobierno ruso anunció la semana pasada que había presentado 28 cambios a los impuestos de importación”. Según un funcionario europeo: “Putin visita una fábrica de segadoras trilladoras y decide en ese preciso momento que aumentará los aranceles de esa maquinaria”. Y efectivamente “Rusia aumentó los aranceles de importación sobre esas cosechadoras, poco después de que Putin visitara una fábrica en Rostov”.
    • El Wall Street Journal también reporta que la Unión Europea “retomó su práctica de otorgar reembolsos de exportación a la industria lechera”. Además, “añadió aranceles antidumping a la importación de tornillos y tuercas de China”. Y pronto decidirá si impone aranceles sobre el biodiésel de EU como represalia por el subsidio que este país otorga a sus exportadores.
    • EEUU “planea imponer aranceles al agua italiana y el queso francés en represalia por la restricción de importaciones de la Unión Europea al pollo y la carne de res de EEUU”.
    El mundo no puede darse el lujo de soñar que, limitando las importaciones, habrá una recuperación económica más rápida. Sería imperdonable cometer el mismo error que en la Gran Depresión de los años treinta comenzando, por supuesto, por los EEUU. El gobierno de Obama se equivocó al imponer una cláusula como la de “Buy American” que pudo haber desatado una guerra comercial. Por fortuna, el Senado ya la corrigió. Pero ahí está presente, y fuerte, el fantasma del proteccionismo, no sólo en los EEUU sino en el mundo entero.
   

Regresar