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Signos en Rotación
Carlos Ramiro Vargas 

El viernes once de abril la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto, en el escenario ofrecido por el majestuoso palacio de Bellas Artes, dio inicio al homenaje nacional en honor al más sublime poeta de las Américas, después del príncipe Netzahualcóyotl, Octavio Paz; en la conmemoración de su fallecimiento ocurrido hace diez años, un día 19, incluyendo en la segunda parte del concierto la muy célebre composición de Igor Stravinski, (Imágenes de la Rusia Pagana) en la Consagración de la Primavera, una de las obras según amigos personales, preferidas por el excepcional bardo muy mexicano sí, pero partícipe total de las dos grandes revoluciones que sacudieron tanto al mundo en la 1ª mitad del siglo XX, como son la guerra civil española y la surrealista francesa, la cual se tornó en un movimiento poético universal vivo hasta nuestra época, abarcando de manera inverosímil a las artes plástico-visuales, y al cine.
    “¡Cambiar la Vida, Transformar al mundo!”, era la consigna asumida hasta sus últimas consecuencias por el joven Paz, compartida por todos los geniales artistas herederos del maestro supremo del dadaísmo, Tristán Tzara, y agrupados de algún modo en torno a uno de los descendientes más poderosos del incandescente poeta-vidente, Arthur Rimbaud, como fue André Bretón, durante la más que cruenta guerra civil ibérica de 1936-39, del lado de los republicanos por supuesto y en contra de las huestes barbáricas de la derecha falangista, encarnadas en el enano Francisco Franco, capaces de mantener por casi medio siglo en la gazmoñería cultural, la represión político-policiaca y étnico-lingüística, así como en el atraso económico y la autarquía nacional-fascista, a la hermosamente agreste “madre patria”, prácticamente hasta la muerte del dictador acaecida en 1976. No olvidemos que para 1937, a los 23 soles, Paz asiste junto con su entonces esposa, Elena Garro, al Congreso de Escritores Antifascistas, organizado en Valencia, España, y es allá en medio de la conflagración que publica, Bajo Tu Clara Sombra.
    Admirador constante de los árboles, casi al finalizar su prolífica existencia, al hacer una valoración de sí mismo y de modo autocrítico, el poeta escribe que si bien no es Lucrecio y lo sabe, reconoce que como muchos, anda perdido en este siglo, deambulando sin aferrarse a un sistema fijo de creencias y sin una filosofía que le explique del todo, el drama del universo, y que le permitan defenderse tanto de los demás, o del extraño “otro”, como de sí mismo.
    Soy colérico, tengo el genio irritable de los poetas, anotaba, sabiéndose más próximo a Montaigne “aunque sin alcanzar su sonriente sabiduría”, o a Pirrón, pero el mundo lo seguía hechizando sin que se resignara como dijo, a la desdicha y a la muerte. Admirador temprano de Saint John Perse, Octavio Paz siempre creyó que la poesía verdadera era como una mirada y una voz de alerta, pues estuvo plenamente convencido de que el poder del mal, como el dolor, dixit Ernst Jünger, nunca es preminentemente abstracto, ni metafísico.
    De ahí que en esta idea de la poesía como una cura casi chamánica respecto a la crisis moral que desde hace décadas por ejemplo, asola a las relaciones sociales y prácticas dominantes de la mayoría de nuestros políticos, coincida con el gran novelista y escritor peruano, Mario Vargas Llosa, pues ambos reconocen un antecedente común en los Pensamientos de Blaise Pascal, autor que vivió con absoluta intensidad en el apasionante siglo XVII, en cuyo texto se arguye acerca del poder restaurador del equilibrio psíquico y ético, proveniente de la imaginación literaria y el conocimiento, en contra de la adversidad.
    Para el domingo siguiente, el descendiente directo caribeño-antillano del antiguo Homero, Derek Walcott, premio nobel 1992, dará en el DF una lectura personal de la obra del que escribió, “nada soy yo, cuerpo que flota, luz, oleaje, todo es del viento, y el viento es aire siempre de viaje”. CRV, Kolyma.
   

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