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Paracaídas
Rogelio Guedea 

Piedra Lisa
   
    El otro día fui a la Piedra Lisa para comprobar con mis propios ojos lo bueno y lo malo que había escuchado y leído de su reciente rehabilitación, Rotonda de Colimenses Ilustres incluida. No recuerdo si entré por atrás o por adelante, pero apenas vi aquel tsunami de niños y aquella algarabía de padres de familia comprando elotes cocidos o asados, o comiendo tostadas de cuerito, o bebiendo aguas frescas de horchata o jamaica, me dije casi parafraseando a Juan Gelman: este parque lleno de mi país, es mi país. Caminé entre el mundanal de gente y me senté en una banca, justo enfrente de la pirámide de resbaladeras amarillas. Estuve largo rato viendo ir y venir a la gente, y viendo correr cautelosa o frenéticamente a los niños sudorosos. Nunca, desde que recuerdo, había visto a la Piedra Lisa con tanta vida, yo que no hago ahora sino vivir de los recuerdos de infancia, que me son inextinguibles. Pensé: ¿a quién se le ocurriría decir que esto es un fiasco?, según lo escuchado y leído no hace tanto. Después de alguna media hora o más, me levanté y me abrí paso entre la ola intempestiva de niños y fui a dar a los negocios de comida, donde pedí dos tostadas de cuerito y una Coca-cola de medio litro, tan fría que daba miedo. Mientras comía, mi mirada se fue deteniendo en la señora gorda de los tacos, o en el vendedor de burbujas, o en aquella niña –esa niña del fondo- que se paseaba, sola, en el columpio rojo mientras una pareja de enamorados la observaba esperanzadamente. Me dieron las tantas de la noche sin siquiera darme cuenta hasta que no tuve más remedio que partir. Irme de la Piedra Lisa me produjo la misma sensación de cuando regreso a Nueva Zelanda después de visitar estas calles de esta ciudad que conoce todos mis caminos. Una sensación de pérdida irreparable, un mismísimo temblor del cielo. Cuando iba subiendo al taxi me di cuenta de que había olvidado acercarme a la Rotonda de Colimenses Ilustres. Por un instante tuve la intención de volver, pero luego caí en la cuenta de que tal descuido confirmaba el presagio: ante la mirada impávida de un niño que baja una interminable resbaladilla o de una niña a la que acaban de darle una enorme paleta de limón, todo ilustre no es más que una simple placa de metal.
   

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